A quienes hayan leído
“Espérame en Siberia, vida mía”, le será familiar el título de este blog creado
con dos objetivos, el primero de ellos defender a la Revolución Cubana,
sin muchos artilugios, y más que defenderla (¿de qué cargos?), divulgar su obra
humanitaria reconocida mundialmente incluso por quienes la tergiversan, desde
posiciones aparentemente izquierdistas.
No me pasa por la
mente incurrir en el intento de
lesa crueldad de rogar a Estados Unidos y a la mafia
contrarrevolucionaria (que en parte gobierna a ese país y traza sus peores itinerarios) que reconozcan, para sus “afueras” los méritos de Cuba Socialista (la única que
existe), o al menos el principal de
ellos: independizarnos de su órbita, desde el primero de enero de 1959.
Sé que al menos aquella última lo reconoce, al
menos para sus adentros. Su terrorismo contra el país en que nacieron es
muestra fehaciente de ese reconocimiento.
Yo les concedo a esos
norteamericano cubanos estar en posesión de un gran coeficiente de inteligencia
o de habilidad. Uno de los dos es imprescindible para disfrutar el privilegio
de dictar sus normas a las administraciones de la mayor potencia militar
del mundo que -en detrimento del pueblo norteamericano- no dejan de
consultarlos a la hora de tomar malas decisiones.
Ese pueblo norteamericano que tan diferente
es a sus gobernantes, que se opuso a la Guerra de Viet Nam, que se opone a ser espiado y
vigilado, reclama la libertad de los
Cinco, pero seguramente ignora la
sentencia de Carlos Marx: “ni a las mujeres ni a las naciones se les
perdona el instante de descuido en que un aventurero ha podido abusar de ellas
por la fuerza”.
